La libertad del Diablo: Supervivencia hostil de víctimas y victimarios

Por Héctor Plascencia

 

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El “público en general” ante propuestas no comerciales

 

Cada película representa una vivencia cinematográfica única. En particular este filme generó una experiencia tragicómica en las salas de cine y no precisamente por su contenido o calidad. Era curioso ver como ciertos espectadores, fueron engañados por su exabrupto de consumo visual y entraron a ver la película ¡por equivocación! pensando que quizá se trataba de un estreno de terror.

Individuos que, basados en su prejuicio comercial sustentado en el nombre de la película, en el estilo de los pósters y el tipo de letra del cartel; poco habituados a la lectura de las sinopsis y completamente ajenos a los estrenos no comerciales; vilmente desencantados, fueron abandonando la sala, dejando tras de sí a la gente “rara” que gusta de ese tipo de cine “raro”.

Esta anécdota nos confirma nuevamente lo ya sabido respecto a la educación del espectador promedio, ajeno a la preocupación de perderse los estrenos que tienen una propuesta artística, temática o conceptual diferente a lo comercial y es inevitable cuestionar de qué sirve demandar más espacios para el cine no comercial, mexicano o extranjero, si no educamos primero a los públicos para este tipo de producciones.

Siempre he estado convencido que un análisis cinematográfico no se debe detener en la película, también es válido cuestionar ¿cómo es ir al cine? Evidentemente el análisis cinematográfico no le va a robar espectadores a los grandes estrenos, pero sí podemos ser conscientes, o hacer consciente a alguien cercano a nosotros, que asistir al cine es algo más que entretenerse y pedir las palomitas más grandes y a través de los gustos preestablecidos en la cartelera, mostrarle a ese público otras alternativas de experiencia cinematográfica.

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La violencia a través de la no ficción

 

Desde su origen el cine se divide en dos grandes categorías de acuerdo a lo que busca presentar en la pantalla. En términos muy generales, si la historia y los personajes son producto de la imaginación del autor, estamos ante una obra de ficción. Sin embargo al existir el deseo de mostrar hechos y personajes “reales” estamos ante una obra de no ficción o documental.  

Existen infinidad de debates y posturas ideológicas respecto a las implicaciones y significados de “mostrar la realidad” ya que al producir y exhibir existen condiciones que privan de objetividad al hecho de “captar la realidad” ya que es una realidad desde un punto de vista específico, con una idea latente en el fondo, con una postura ideológica, incluso el tema y el ángulo del que se filma están impidiendo mostrar “el todo” y llega a nosotros, no la realidad, sino una interpretación a través de un texto audiovisual.  

Partiendo de estos antecedentes, La libertad del diablo, grabada en Texas, Puebla, Estado de México, Ciudad de México, Hidalgo y Chihuahua denuncia de manera visual la falta de valor de la vida humana a través de testimonios a cuadro de personas que se han visto involucradas en asesinatos y secuestros, ya sea como agraviados o como perpetradores.

Más allá de lo moral o de las definiciones legales, la película muestra una asociación entre la idea de víctima y victimario, mostrando la dimensión humana y emocional de ambos y descubriendo que, en un sentido literal, todos son víctimas por igual, ya que el asesino o el secuestrador a sueldo, no actúa por una razón personal, sino porque recibe una orden de sus autoridades inmediatas, que pueden ser personas con un rango más alto dentro de una asociación de crimen organizado o funcionarios de “seguridad” de todos los niveles, desde policías municipales, estatales, federales, hasta el ejército y la marina.

Testimonios polarizados que van del resentimiento a la compasión, que transitan de la venganza a la fe o decisiones que llevan a sus víctimas a volcarse a un eterno ciclo de repetición de las mismas conductas. Paisajes desolados como las personas que los habitan, donde la justicia por mano propia sustituye al inexistente y viciado sistema de justicia mexicano.

En un país donde la nota roja es tradición cultural y la denuncia se convierte en un  espectáculo bastante redituable y con antecedentes en el cine que nos permiten hablar de todo un género sobre el melodrama de la nota roja, sorprende la sobriedad de los colores y de los contenidos de esta película.

Una estética que no escatima en perturbar al espectador, que muestran “lo jodido” a través de tomas implacables donde todas las personas, hasta las víctimas, usan la icónica máscara del ampón, recortando esa simbiosis entre la víctima y el victimario y la latente posibilidad de que un agraviado se vuelva agresor ante una experiencia traumática, en un marco de desamparo de las instituciones de justicia.

Tomas posadas que enfatizan el drama que se busca transmitir, disyunción entre imagen y sonido, coqueteos con la ficción que cada día ponen sobre la mesa nuevos cánones de realización documental, sin que esto implique que simular, para fines estéticos, cuestione la veracidad de los hechos relatados.

La libertad del Diablo ll Documental ll

Dirige: Everardo González ll

México ll 2018 ll 74 min

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